El Festival
del 2003 invocó, como tema general, el de La rebelión
de la ética. Paralelamente, en la vida nacional surgieron una
serie de expresiones de la voluntad mayoritaria – y, muy concretamente,
las manifestaciones motivadas por el rechazo de la Guerra de Irak,
y, en otro orden, por su tramitación y por determinadas exigencias
incluidas en la nueva Ley de Orgánica de Calidad de la Educación
– que, un año después, tendrían su reflejo
en las elecciones generales del 14 de marzo.
Por nuestra
parte, mucho antes de las elecciones, habíamos decidido que
el Festival del 2004, coherentemente con el discurso desarrollado
desde su nacimiento, iba a girar entorno a La paz y la guerra, el
primero de los temas del teatro occidental, alimento ya de las tragedias
de Esquilo, y, también el más actual. Obviamente las
circunstancias y las razones esgrimidas a lo largo de los tiempos
y lugares han sido distintas, pero – y de ahí el valor
del teatro como un testimonio sobre los horrores de la guerra y la
puesta en cuestión de las múltiples motivaciones invocadas
– persiste una imagen reiterada sobre la condición de
las víctimas y los beneficiarios, desde las Guerra de Troya
o del Peloponeso a las guerras de nuestros días. Se trataría,
en todos los casos, de poner en marcha un discurso, político
y/o religioso, del que, en definitiva, se desprenda la existencia
de un infiel o enemigo, cuya eliminación es necesaria para
nuestra salvación eterna o nuestra supervivencia terrenal.
O ambas cosas a la vez.. Discursos, bien se entiende, en los que se
incluye siempre la salvaguarda de una serie de principios que están
por encima de la vida de los condenados a matarse.
Todo es
mucho más complejo, desde luego. Pero asumirlo, no debe significar
un obstáculo para entender algunos hechos elementales sobre
los que, sin embargo, la moral de la guerra pasa, desvergonzadamente,
de puntillas, para situarnos ante el horror de lo inevitable. Justamente
lo que el teatro, la literatura y el cine de la “guerra”
nos revelan, cuando no están a su servicio, es, junto al dolor
y la muerte de sus víctimas singularizadas – liberadas
de ese anónimo fúnebre con que las censan las crónicas
militares –, la evidencia de una trama, fraguada en la falsa
paz de cada día, hecha de ideas y decisiones incruentas, y
que, sin embargo, contienen ya la destrucción y la muerte.
O, dicho con otras palabras, como día a día, se amasa
la cultura de la paz o de la guerra, con sus consecuencias inexorables.
Sobre este
supuesto, hemos reunido una serie de espectáculos, con autorías que
emergen de diversos lugares y épocas, en más de un caso asentadas
en la geografía familiar de las tierras que golpean la conciencia
de los contemporáneos. Santiago de Chile, en el otro 11 de septiembre,
Colombia, Croacia, Palestina, España, y la Grecia del primer Esquilo,
con textos escénicamente inéditos en nuestro país, serían los espacios
elegidos entre otros muchos ausentes, de los que hemos seleccionado,
para ampliar la presencia de la geografía de la barbarie, hasta cinco
ciudades emblemáticas: Hiroshima. Sarajevo, Nueva York, Bagdad y Madrid.
Cinco ciudades, entre otras muchas igualmente posibles, inseparables
de la imagen de la muerte de sus ciudadanos a manos de los nuevos
ángeles salvadores. Tendremos nuestra habitual Muestra Madrid Sur
confiada a grupos de los seis municipios integrados en el Festival;
el apartado de Talleres, y las Jornadas de la Universidad Carlos III,
con la intervención de un grupo de personas cualificadas, para debatir
el tema del Festival. Y, en atención a las nuevas circunstancias,
contaremos con las colaboraciones excepcionales de cineastas, cronistas
de guerra y artistas plásticos, a los que hemos pedido que se unan
a nosotros en la demanda y en la creación de una Cultura de la Paz,
motor esencial en el resultado de la últimas elecciones generales,
frente a la idea, macabra y lamentable, lanzada desde la Cultura de
la Guerra, de sumisión al terrorismo. Colaboración de la que han surgido
varios espectáculos, la Casa de la Guerra, exposiciones, Mesas Redondas
y una Semana del Cine Español por la Paz.. El nombre y la entidad
de los colaboradores en cada uno de los apartados es parte fundamental
de sus contenidos y de su alcance.
Y un dato
nuevo. El pasado año, tras las elecciones municipales, perdimos
la participación de Móstoles, ciudad que había
tenido un importante papel en el nacimiento del Festival y en sus
siete primeras ediciones. Este año, se confirma su ausencia,
y se incorpora Aranjuez. Con lo que seguiremos siendo seis –
Alcorcón, Getafe, Fuenlabrada, Leganés y Parla, más
Aranjuez - los municipios donde, con un presupuesto modesto, y dentro
de los márgenes de acierto y error propios de estos empeños,
seguiremos apostando por un Festival de la ciudadanía, al servicio
del diálogo, de la justicia social y de la paz. Valores sin
los cuales el término democracia sólo es una abstracción
susceptible de ser acomodada a los más diversos objetivos.
José
Monleón
Director del Festival
Director de la Fundación IITM